Teníamos diecisiete y ensayábamos para interpretar La Bayadère (siempre me gustó más decirlo en francés). Nos moríamos del sueño porque también se acercaba la PAU y yo no entendía por qué tenía que saber derivadas si lo mío era la Publicidad y no la Administración de Empresas. Ese año iba a realizar mi primer solo en puntas durante el acto de las sombras... piqué, piqué, piqué en dehors... ¿luego jeté en tournant?
En Santa Cruz nos abrían un auditorio, pero nosotras soñábamos con ir a vivir a Madrid. Allí vi mi primer y único Corsario, o al menos su Pas de Trois. Tú siempre fuiste más espabilada, el problema es que sólo me di cuenta a la mañana siguiente en la puerta de instituto, cuando desde lo lejos me gritaste: "Adivina lo que tengo... mua, mua, dos besos de Julio Bocca. Me fui al backstage después de la actuación". Créeme, todavía me duele recordarlo.
Quedan exactamente dos semanas para el examen de la
Royal Academy of Dance y ya se empieza a sentir la tensión y el agotamiento atroz durante las clases. He de admitir que hacía años que no tenía los gemelos como piedras... y la verdad, me noto algo anciana.
El ensayo de hoy ha sido algo distinto, lo hemos compartido con los alumnos que se presentan a los exámenes de los grados Primary, 2 y 6, así que nuestra profesora se ha podido apiadar un poco de nosotros. Como apasionada de la música que soy, no puedo evitar fijarme en las joyitas que se esconden en el iPod de Carmen -que así se llama-, quien cada día me sorprende más. Esta mañana le propuso a las niñas que improvisaran mientras ponía dos canciones al azar y resultó que una de ellas pertenecía a La Bayadera, la obra clásica que más me gusta.
Puesto que el momento de "conchetismo" (un término sin sentido creado por mi amiga Isa) con mi profesora me encantó, he decidido compartir hoy algunas de mis piezas favoritas en este ballet.
Me retiro de toda la actividad en 33 Fouettés hasta la próxima semana. Aprovechando que los controladores aéreos parecen estar más tranquilos, me voy unos días a conocer Londres y, de paso, a visitar a unas amigas.
Ya he incluido en la ruta el paso por las tiendas de
Freed of London,
Bloch y alguna otra que merezca la pena. Mi presupuesto en libras no me va a dar para asistir a ninguna actuación, aunque me acercaré al
Royal Opera House para verlo por fuera y hacerme ilusiones.
Dicho esto, en diciembre estuve viendo en TVE el episodio sobre Londres de Españoles en el Mundo y coincidió que apareció la bailarina Tamara Rojo. No hay ningún fragmento de danza, pero creo que a cualquier aficionado le puede resultar muy interesante. Nos vemos el lunes.
Cuando se habla de ballet es fundamental tratar a la figura de Jiří Kylián. A día de hoy es uno de los principales exponentes de la escuela holandesa y todo un referente en la Historia de la danza más reciente.
Este coreógrafo checo establecido desde hace muchos años en los Países Bajos es famoso por sus innovadoras creaciones, algunas tan conocidas como Stamping Ground, Bella Figura, Falling Angels o, nuestra pieza del día, la Petite Mort.
Nunca me han entusiasmado las perfectas bailarinas de la escuela rusa. No se puede negar que reúnen una serie de condiciones físicas únicas y que nadie en el mundo tendrá jamás la misma presencia que ellas cuando interpretan un Lago de los Cisnes (obra que, aprovecho para confesarlo, me aburre soberanamente). Aún así, siempre me han transmitido más las interpretes de escuelas como la inglesa o la francesa, cuyos métodos suelen ser más vanguardistas que los tradicionales soviéticos.
Por supuesto, esta apreciación sobre los distintos tipos de enseñanza en el ballet no es más que una opinión derivada de mis gustos personales. En cualquier caso, con respecto a esta teoría considero que hay una excepción que confirma la regla, y su nombre es
Irina Dvorovenko.
Parece que ultimamente los cineastas se han puesto de acuerdo en lo de rodar cintas sobre danza y, visto el
éxito que tuvo Natalie Portman por
Black Swan (Darren Aronofsky, 2010) en la gala de los Globos de Oro de anoche, lo lógico es que hoy me tocara empezar una nueva serie de
posts sobre las películas de ballet de este 2011.
Anoche vi
El último bailarín de Mao (Bruce Bresford, 2009), un horror de historia biográfica sobre el que fuera solista en el
Houston Ballet durante los años 70, Li Cunxin. Se trata de un relato -para mi gusto, excesivamente convencional- sobre la vida de esta estrella de la danza, desde que es sacado de una apartada aldea china para estudiar ballet en Pekín, hasta su aventura por Estados Unidos como héroe de la China comunista y el posterior conflicto que surge cuando se enamora y decide no volver a su país.
A pesar de que no me haya convencido nada como película, he de admitir que puede resultar interesante en lo que respecta a los métodos de enseñanza que se llevaban a cabo entre los bailarines de una potencia comunista como China, así como en todo lo relativo a las "relaciones" políticas que se desarrollaban por aquel entonces entre los dos bloques.